jueves, 25 de marzo de 2010

Cuánto cuesta


Cuánto puede costar mantener una identidad que cada día da más vergüenza. No ante los demás sino ante uno mismo al mirarse al espejo, en el espejo del que no cumple con los requerimientos mínimos necesarios para hacer un mundo mejor, uno en el que uno pueda pensar más en cosas importantes que lo que se podrá hacer para salvar el año, el semestre, el mes, el día, o la familia, o la vida, cuyos intríngulis lamentablemente dependen ya de otras entidades, llámelas imperialistas, capitalistas, socialistas, comunistas, chavistas, pitiyanquis, qué se yo… definitivamente no somos libres aún.

Cuánto puede costar salir a la calle con sus hijas y pasar una tarde en la que se deguste un trozo de felicidad y volver a casa sin pensar, no en lo que se dice por ahí ni en lo que parece que va a suceder, sino en lo que vimos y en lo que sabemos con certeza que va a pasar si no hacemos algo por reponer el dinero que nos costó ese pedazo de felicidad. Qué cuesta vivir en un país que se hace más y más ingrato, en una ciudad más y más indolente. Cuánto cuesta educar a los hijos en este país libre, sin tener en cuenta los gastos superfluos de cantina, merienda, tareas dirigidas, guardería, transporte, material educativo (como si por sí solo lo fuera). Cuánto cuesta la INVALUABLE vida en este país.

Cuánto nos han costado estos casi once años de revolución, cuánto nos costaron los cuarenta años de bochinche anteriores, cuánto nos costó la dictadura de varios, y los intentos silenciados de otros pocos, cuánto nos costó la generación del 28. Qué tuvimos que dar para que este país sea lo que es hoy, con muchos logros colectivos, pero ninguno individual que valga la pena, o convenga, mencionar.

Para esto no queríamos ser libres. ¿Cuánto nos costó la identidad venezolana, separada, independiente del conglomerado colombiano, la identidad que derivó en todo lo que expuse anteriormente y que estoy cansado de repetir? Hermanos, todo eso nos costó sólo un Bolívar, el único que teníamos.

jueves, 18 de marzo de 2010

A quién hay que matar

Sé que algunos de los recalcitrantes ambiguos de la política venezolana esperan que sea yo, un anónimo, el que dé instrucciones magnicidas o genocidas, según el lado de la ambigüedad dónde se ubiquen. Lo cierto es que da lástima que el verbo matar esté tan íntimamente ligado a la idea de asesinato, por supuesto, siempre del contrario. A algunos, más bien varios, les da risa la idea de la muerte, como aquello de “la vida merece ser vivida, en cambio la muerte merece ser morida”, y no debe alejarse, en esta oportunidad, el sentido que tanto yo como ustedes debamos darle a tan odioso verbo, cuando tiene como objeto algo que tenga que ver con nosotros mismos.

En estos días, dando un obligado paseo por esta populosa ciudad de nuestro a veces no tan querido país, y no es por lo que sea el país, sino por lo que su gente hace de él, me vi en la ocasión de observar con detenimiento las actitudes características de ciudadanos como nosotros. Vi subirse en la camionetica a un hombre con pinta de delincuente y adiviné casi de manera inmediata y profética, después de ver su bolso y su manera de dirigirse al conductor, que no nos iba a atracar a todos, entonces me relajé y me dediqué a oírlo, a ver con qué salía esta vez, como si lo hubiera visto antes disfrazado de señora pedigüeña de plaza. Independientemente del innovador chocolate que vino a vender tan simpático personaje, por supuesto mucho más amable que cualquier comerciante o “personal especializado en atención al público” de cualquier institución pública o privada de nuestro querido y tolerado sistema económico, me llamó la atención la respuesta que tuvo: algunos decidieron comprar el artículo, cuando el hombre nos dejó saber a todos que saldríamos ganando (antes de lo que muchos de los que compraron se habían dicho a sí mismos que no tenían dinero para gastar en pendejadas), otros no lo compraron pero tuvieron mirada de lamentar no tener sencillo para una inversión tan provechosa. Otros ya habían decidido, apenas al verlo dirigirse a la unidad de transporte, darle todo el sencillo que tenían, bien fuera atracador o vendedor ambulante. Un par de días atrás había visto a otro de estos vendedores ofrecer uno de los tan variados artículos haciendo expresa su necesidad de ayuda de los pasajeros, cosa que no hizo el primer vendedor. Con menos pinta de malandro, el segundo se llevó menos solidaridad en la bolsa.

¿Qué es lo que nos impulsa a rechazar al que con sinceridad nos pide ayuda? Es sin duda el mismo principio que nos obliga a sucumbir ante la jugosa oferta de salir ganando, aunque sea mentira. No sé qué nombre ponerle a tan vil actitud, pero creo que es la misma que nos hace malos vendedores, malos peatones, malos conductores, malos compradores, malos vecinos, en resumen, malos ciudadanos, a la mayoría de los que leemos este artículo pensando que la cosa no es con nosotros. En lo particular, yo me siento avergonzado después de haber adquirido un chocolate que contribuyó con mi mal colesterol, ni siquiera por ayudar a un necesitado, sino por consentir la falsa idea de un “beneficio impelable”. La viveza que practico me da vergüenza.

Es la misma viveza de las instituciones estatales-gubernamentales que se llenan la boca con las estadísticas que indican las bajas en los índices de pobreza, pero que no hacen nada por mejorar un sistema educativo que es inmensamente nocivo para la salud pública de la nación y que es el que mayor pobreza genera: la pobreza en armas de defensa intelectual, la pobreza de argumentos, la pobreza de estructuras y paradigmas.

A quien hay que matar es al vivo que está en la actitud de todos y todas. Pero qué podemos hacer, queridos lectores, cuando aquí si no te avispas te quedas sin comer. No podemos sentirnos en la posición de criticar ni al vivo gobierno, ni a la oportunista oposición, si quienes estamos en las calles somos los principales educadores de la viveza y el oportunismo. Amigos, hay que matar al vivo, porque al muerto… qué más da.

Para qué callar

En esta nueva empresa

No habrá manera de no decir. Decir hola, decir estupideces, a veces. Y por qué no, decir la verdad. La mía, y la de algunos otros. Tengamos valor para unirnos aunque sea en anonimato, contra la vileza de la ignorancia, contra lo bello de este sistema, tropical lluvioso, latinoamericano.

No habrá aquí una promesa o propuesta.

Sí habrá, en cambio, expresiones de lo que nos convence a muchos sin que nos lo vendan, de lo que rechazamos, por convicción también.

Acudamos al llamado a la sensatez