Sé que algunos de los recalcitrantes ambiguos de la política venezolana esperan que sea yo, un anónimo, el que dé instrucciones magnicidas o genocidas, según el lado de la ambigüedad dónde se ubiquen. Lo cierto es que da lástima que el verbo matar esté tan íntimamente ligado a la idea de asesinato, por supuesto, siempre del contrario. A algunos, más bien varios, les da risa la idea de la muerte, como aquello de “la vida merece ser vivida, en cambio la muerte merece ser morida”, y no debe alejarse, en esta oportunidad, el sentido que tanto yo como ustedes debamos darle a tan odioso verbo, cuando tiene como objeto algo que tenga que ver con nosotros mismos.
En estos días, dando un obligado paseo por esta populosa ciudad de nuestro a veces no tan querido país, y no es por lo que sea el país, sino por lo que su gente hace de él, me vi en la ocasión de observar con detenimiento las actitudes características de ciudadanos como nosotros. Vi subirse en la camionetica a un hombre con pinta de delincuente y adiviné casi de manera inmediata y profética, después de ver su bolso y su manera de dirigirse al conductor, que no nos iba a atracar a todos, entonces me relajé y me dediqué a oírlo, a ver con qué salía esta vez, como si lo hubiera visto antes disfrazado de señora pedigüeña de plaza. Independientemente del innovador chocolate que vino a vender tan simpático personaje, por supuesto mucho más amable que cualquier comerciante o “personal especializado en atención al público” de cualquier institución pública o privada de nuestro querido y tolerado sistema económico, me llamó la atención la respuesta que tuvo: algunos decidieron comprar el artículo, cuando el hombre nos dejó saber a todos que saldríamos ganando (antes de lo que muchos de los que compraron se habían dicho a sí mismos que no tenían dinero para gastar en pendejadas), otros no lo compraron pero tuvieron mirada de lamentar no tener sencillo para una inversión tan provechosa. Otros ya habían decidido, apenas al verlo dirigirse a la unidad de transporte, darle todo el sencillo que tenían, bien fuera atracador o vendedor ambulante. Un par de días atrás había visto a otro de estos vendedores ofrecer uno de los tan variados artículos haciendo expresa su necesidad de ayuda de los pasajeros, cosa que no hizo el primer vendedor. Con menos pinta de malandro, el segundo se llevó menos solidaridad en la bolsa.
¿Qué es lo que nos impulsa a rechazar al que con sinceridad nos pide ayuda? Es sin duda el mismo principio que nos obliga a sucumbir ante la jugosa oferta de salir ganando, aunque sea mentira. No sé qué nombre ponerle a tan vil actitud, pero creo que es la misma que nos hace malos vendedores, malos peatones, malos conductores, malos compradores, malos vecinos, en resumen, malos ciudadanos, a la mayoría de los que leemos este artículo pensando que la cosa no es con nosotros. En lo particular, yo me siento avergonzado después de haber adquirido un chocolate que contribuyó con mi mal colesterol, ni siquiera por ayudar a un necesitado, sino por consentir la falsa idea de un “beneficio impelable”. La viveza que practico me da vergüenza.
Es la misma viveza de las instituciones estatales-gubernamentales que se llenan la boca con las estadísticas que indican las bajas en los índices de pobreza, pero que no hacen nada por mejorar un sistema educativo que es inmensamente nocivo para la salud pública de la nación y que es el que mayor pobreza genera: la pobreza en armas de defensa intelectual, la pobreza de argumentos, la pobreza de estructuras y paradigmas.
A quien hay que matar es al vivo que está en la actitud de todos y todas. Pero qué podemos hacer, queridos lectores, cuando aquí si no te avispas te quedas sin comer. No podemos sentirnos en la posición de criticar ni al vivo gobierno, ni a la oportunista oposición, si quienes estamos en las calles somos los principales educadores de la viveza y el oportunismo. Amigos, hay que matar al vivo, porque al muerto… qué más da.
No hay comentarios:
Publicar un comentario